¿Cómo explicarle la muerte a una niña? Si tanta poesía derramada apenas alcanza para nombrarla, asumirla, comprenderla…
¿Cómo explicarle a un niño la muerte de otro niño? Si, frente a los que dicen saberlo, la muerte se anticipa a la lectura de los libros donde esos se esconden…
Y aún llegando a explicarla ¿cómo superamos la muerte de una niña?
¿Alguien quiere decir algo?
Silencio difícil de quebrar.
Mariana recuerda que el día en que su amiga partió, ella nada sabía pero se sintió rara, dolorida. Además su planta favorita, una planta carnívora, se murió también: algo se le cayó encima.
Oriana cuenta que se enteró a la vuelta de las vacaciones. Cuando llegó, Norma ya no estaba. Tampoco uno de sus tres pececitos, el preferido, el de la aletita mocha. Dice que fue difícil.
Una pérdida incomensurable condensa dos muertes cotidianas, como infantil metáfora natural. Quizás sea cierto que Norma, viéndola con buenos ojos de niña, era tan navegante herida como silenciosa cazadora de aleteos.
Nahuel dice que es incómodo hablar de esto, que se siente algo acá en el pecho. Así distraídamente, con sus once años, atina a señalar la angustia. Es la garra que estrecha el corazón y angosta el aire. Es el dolor de no tener palabras, lo innombrable del único misterio real.
Agrega que quisiera, cuando sea muy muy viejito, que alguien le ponga una almohada en la cabeza y listo. Las risas ayudan para que las lágrimas se deshagan de las pestañas tímidas.
Así, a su modo, van buceando las palabras para expresar el dolor de la ausencia. La necesidad de ubicar a la muerte en la vejez, de expulsarla de este presente insoportable, es devolverla a donde corresponde.
No habrá forma de entenderlo, pero sí hay maneras de conjurar la muerte por un rato: escribir, cantar, pintar. Ahora trayendo; ahora dejando ir. Como todavía podemos prestarnos los símbolos, les pedimos que echen mano, cuendo puedan y sientan necesidad, a las palabras que encuentren. Imágenes que decir, que ver, que hacer sonar.
– Profe ¿no la podés traer de vuelta a la Norma?
No; lo cierto es que no. Aunque de alguna manera recién hicimos eso: regresarla con sus imágenes. Por eso también podés, Kelly: cuando te venga algún recuerdo o te nazcan unas palabras, traéla de vuelta.
Intentaremos entonces llenar la escuela nuevamente con sus colores, su alegría infinita, su cariño fraternal y que nos acompañe para siempre con el corazón de sonrisa pura, alejando a la angustia y sus garras."
a la geografía de esta ciudad, o por la distancia temporal.
reciclan la basura.
Una mañana lluviosa, todos los transeúntes nos deteníamos sorprendidos ante ese
botecito, que parecía querer navegar sobre las baldosas.
¿Qué mujer habría inspirado su bautismo? ¿ Quien lo habría pintado con tanto amor?
Uyy, como pasa el tiempo.
Cada tanto me doy una vuelta. Y cada vez que regreso, me admira la constancia de algunos amigos, que han seguido años al pie del cañón, manteniendo intacto el entusiasmo por sus blogs: giucich, Amelche, Isabel Romana, Miguel Schweiz son algunos de ellos.
Hay quienes como yo, guardan cariño por la página y cada tanto asoman a saludar.
Y otros, las han borrado. Yo les recuerdo con cariño, entre todos a la dulce CEL, las excelentes fotografías y los refinados escritos de MARTIUS, los cantares de ROMÁN, la agudeza en MAWRUR, los buenos cuentos de PONTO GARCÍA. ¿Qué se habrá hecho de ellos? Pioneros de los blogs.
No puedo pensarlos como letras hilvanadas, por ahí andarán con sus ideas y su arte, cambiando equipaje de un vagón al otro, en este tren que es la vida.
La foto pertenece a : http://es-us.noticias.yahoo.com/fotos/accidente-de-tren-en-argentina-slideshow/commuters-lie-stretchers-sustaining-injuries-train-crashed-once-photo-150232230.html
Y al espanto, hay que sumarle la vergüenza ajena.
Ahora, un sector de la prensa usará a las víctimas del accidente de ayer para defenestrar al gobierno. El gobierno por su parte, dará respuestas evasivas a las verdaderas causas del hecho.
La población quedará en medio de una pelea de intereses, en la que cortar esta cadena de ¿“accidentes”? será lo menos importante; mientras los miles de argentinos que usan el ferrocarril, seguirán a merced de su buena o mala fortuna.
Enterraremos a los muertos formalmente, con la bandera a media asta y suspendiendo el Carnaval, mientras va gestándose la próxima catástrofe.
Nadie es responsable por los trenes que administra. El estado, tampoco parece tener responsabilidad alguna en el funcionamiento de éste servicio público.
¿No intentó, ayer, el titular de transporte ablandar el hecho, mencionando otros accidentes ferroviarios en diferentes latitudes? Es que no se puede explicar lo inexplicable: porqué el pueblo continúa viajando en condiciones infrahumanas. Y así dale que va.
Las propuestas y los hechos de nuestro ferrocarril son surrealistas: el tren aquel de super lujo, que íbamos a contratar con los franceses, o el que nos une con Uruguay… ¿Para qué? Pura fantasía o hecho simbólico. A las necesidades contantes y sonantes: pito catalán.
Estos accidentes, con independencia de cual haya sido la causa técnica del de ayer, desnudan la llaga que no cicatriza.
El del transporte público es un problema que afecta a la clase trabajadora. Semejante desastre, que deja una cincuentena de muertos y más de 600 heridos, no ocurre en los soportes para el transporte de las clases pudientes.
Habría que preguntarse cuanto vale la vida de un trabajador, para comenzar a armar el rompecabezas.
¿No le importa a un funcionario de la nación, que los trenes se caigan a pedazos y que la gente viaje como ganado?
¿Desconoce un funcionario de la ciudad, del padecimiento de los porteños en los colectivos?
Es que están todos tan arriba… que los trabajadores que libran sus diarias odiseas, son apenas cabecitas de alfiler.
Cuarto día del Carnaval ¿Será así? Bah, sábado, domingo, lunes y martes inactivos.
No entiendo bien lo del Carnaval, quizás porque no me gusta. No, no es que no me guste, lo detesto, es anacrónico. La imposición de una manifestación sin pies ni cabeza.
Se me pegó el desgano y no siento ganas ni aún de leer, me rijo por la ley del mínimo esfuerzo.
Me levanté temprano por inercia y acá estoy perdiendo tiempo y la posibilidad de disfrutar del ocio, porque ya lo hemos tenido de sobra. La semana pasada, dejé de lado toda actividad a causa del calor. Suspendí, hasta mañana, el curso de verano que dicto.
Son las malas enseñanzas de este insoportable calor que aturde: molicie, desgano, abatimiento, abulia.

Por fin, una amiga, me mandó unas fotos que nos tomaron hace un poco menos de 10 años, cuando presentamos un libro.
El tiempo es como un tren, cuántos paisajes logramos ver, en cuántos reparamos y que diferentes, nos vemos a nosotros mismos, frente a cada una de esas estaciones.
La cosa es que pasamos frente a los paisajes de las fotos, sin observar claramente los detalles.
Beatriz me mandó fotografías de esa presentación y otras que tenía de nosotras, en ocasiones diversas, siempre relacionadas a nuestro trabajo. Y entre ellas, una que tengo y veo con mucha frecuencia.
Todo depende de la atención que se pone al mirar. Cuando miramos bien, en ocasiones, se desnudan tesoros.
Así son las cosas.
Trabajé este año hasta el agotamiento, dando una pirueta sobre mis planes seguros y encaminados.
Es lo que me enseña la vida, lo inesperado está siempre a la vuelta de la esquina para recordarnos que somos simples mortales y, que Itaca es un horizonte furtivo.
No es que me queje, por el contrario, vino la ofrenda en fruta madura, panes tibios, vinos especiados, amigos contenedores y llanos.
Horas alegres, esperanzas y maravillas les deseo amigos, a los que hace tanto que no veo.
Lucho es un perrito de unos dos años, según dijo el veterinario que lo atendió.
Si hay alguna persona que lo deseara como amigo, pero no pudiera mantener su alimentación, hay una solución para eso, porque alguien se haría cargo de sostenerla.
Hace algún tiempo a mi marido se le ocurrió que visitáramos una suerte de mercado de las pulgas, dedicado al mueble.
Entre objetos horribles, descansaban joyas de la ebanistería, mesas, sillones de los mejores estilos y de los más nobles robles. Espejos inmensos en los que alguna vez se miró una dama que usaba guantes, sombrilla y polisón.
Resumiendo: en ese gran cambalache era cuestión de saber mirar.
Y justamente, en un sector de lo más deslucido, un patio donde se apiñaban muebles de jardín, vi unas sillas de metal pintadas de verde que parecían llamarme.
Me detuve junto a ellas, fascinada.
Mi marido, a quien le duele en el bolsillo esos embelesos míos, se anticipó
- No pienso comprar cosas en las que luego haya que gastar el doble del costo en restaurarlas.
- Es que esas sillas son de la Bauhaus, clavado… Son hermosas....-
- Ni que salieran de las manos de Da Vinci, están estropeadas por la pintura con que las recubrieron.-
Me alejé de ellas, pero no por mucho rato. Una y otra vez volvía, y mi “querido esposo”, para no desmentir su condición de hombre me acompañaba protestando.
- Ya tenemos muebles de jardín. Esas sillas tiene un aspecto viejo-.
No entendía como justamente él, que tiene un gusto exquisito para la decoración, no veía la joya debajo de esa pintura espeluznante.
- Esas sillas son famosas.- Recalcaba yo, tratando de recordar el nombre, sabía que eran emblemáticas.
Como mi memoria se resistía, me acerqué a la vendedora, la mujer no tenía la más remota idea de lo que ofrecía. Nos pidió mil doscientos pesos por las sillas, que iban con una mesita. Si en algún momento, pasó por la cabeza de mi “media naranja” comprarlas, a la vista de ese adefesio que las acompañaba, desistió de manera irrevocable.
Por mi parte tuve que reconocer, que así, sin poder determinarle el estilo, podían estar caras.
Pero, siguieron en mi cabeza, fuimos a almorzar, y en cada bocado que me llevaba a la boca, me encandilaban flashes de la Bauhaus, y con cada trago, esa sensación de estar bebiendo arena, que tenemos cuando está en la punta de la lengua, algo que se nos niega a develarse.
Llegada a casa entré a Internet. Y en un dos por tres se resolvió el misterio.
Se trataba de las sillas del gran Harry Bertoia, esas de las que se dijo: “Si miras a estas sillas, están hechas principalmente de aire, como las esculturas. El espacio pasa a través de ellas”.
Allí, mi marido sintió que había hecho una macana. Pero ya era tarde.
Una silla Bertoia, de encontrarse en remate, cuesta la mitad de lo que nos pedían por las cuatro. Y, lo central, más allá del precio, son una obra de arte.
En fin, el que las pintó de verde, no tenía la más remota idea de lo que hacía… y, yo sí sé que hubieran quedado estupendas en mi jardín.
Lo que me pregunto, es porqué los hombres confiarán tan poco en la certera intuición de sus mujeres…
Mi suegro había sido, de joven, guapísimo. Cuando yo lo conocí continuaba siendo, aunque mayor, un hombre hermoso.
Tenía por ese entonces una forma de vivir sus días, como imbuido por esos modos de oriente que ralentizan las acciones y centran el disfrute en el momento presente. No había adquirido esa modalidad de la mano de ningún filósofo, sino en el mero hecho de haber vivido. Porque no había sido la suya, justamente, una vida de monje contemplativo, muy por el contrario, había estado plagada de pasiones, de peligros, de situaciones de cambio. Como aquella de haber estado siendo casi un chico frente a frente con la muerte en la guerra y, que esta le diera la oportunidad de seguir viviendo, mientras lo empujaba al oeste del Finisterre.
Las tareas que mi suegro realizaba en sus días de jubilado, se tuteaban con lo poético: ocuparse de los pájaros, del jardín, observar el desarrollo de los jazmineros, el crecimiento de las parras, de la higuera, de los nísperos. Combatir a las hormigas, leer el diario de cabo a rabo, escuchar música, especialmente tangos. Era hombre de otra generación, así que sus tareas domésticas se reducían a comprar el pan, y a cebar mate. Aquel hijo de la Columna de Hércules, ese que hablaba con la “s” y “c” y la “z” bien diferenciados, cebaba unos mates, que avergonzaban al gaucho más pintado.
Así como era guapo, su voz no iba en menos, viril y aterciopelada a un tiempo, plena de resonancias. Cuando él llamaba a mi hijo por su nombre, las estrellas del Camino a Santiago llovían fecundas en pleno día. De alguna manera, su voz reencarnaba la un juglar habilidoso que secretamente revivía la concha, el cuervo, la pata de la oca, del lobo, para aquel fruto suyo que retoñaba tan lejos de sus mitos ancestrales.
© En la búsqueda de Avalon
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