Como toda hija que se digne, discutí con ella un día sí y otro no, y me reí a su lado, como con pocas personas lo hice. Ahora, al recordarla, me invaden la alegría de su mirada verde clara y su apasionada valentía.
Ella nació rebelde. La verdad, como todas sus hermanas, que pelearon contra viento y marea por sus elecciones hasta que llegaron a sus metas. Quizá por reacción a un padre extremadamente represivo, que apenas dejaba respirar a su mujer y a sus 9 hijos.
Y debió ser singular desde que tuvo conciencia, porque ya antes de llegar a la escuela, en tiempos en que la gente de teatro, era mucho más que mal vista, mi madre decidió que sería actriz.
A los 14 años, comenzó a noviar con mi padre. Eran vecinos en una ciudad de la pampa bonaerense. Debían formar una pareja hermosa, porque ambos lo eran superlativamente. Pero mi abuelo materno no lo veía así.
Ambas familias encarnaban una paradoja. La de mi padre, socialista y adinerada; el padre de mi madre, en cambio, de derecha y de una clase modesta. Cuando se enteró que estaban “afilando”, así se decía entonces, se los prohibió terminantemente. Desde luego, a escondidas continuaron frecuentándose, hasta que los descubrió el hermano mayor de mi vieja, se lo dijo al padre, quien esa misma noche, la fletó en el “tren nocturno”, a Buenos Aires, a la casa de una tía.
Ella, fue llegar, y aunque su tía era más severa que su padre, ingeniárselas para meter las narices en el teatro y comenzar a trabajar en una compañía. Como era irreductible, su tía la dio por caso perdido, y mamá se dedicó en cuerpo y alma a su pasión.
En aquellos días, las compañías de teatro realizaban larguísimas giras. A los 16, en Mendoza se enteró que a mi abuela se la había llevado un ataque de asma. No había vuelto a verla desde aquella noche en que mi abuelo la desterrara, ese fue un dolor que no expió.
Poco después, falleció su padre. Quedaba una hermanita de 6 años. De los 9 hermanos, los varones no podían hacerse cargo, ni las hermanas que tenían sus propios proyectos. Así que mi madre asumió la tutoría, pero, como era menor de edad, sin papeles.
Vivió tres o cuatro años en la angustia de que se la sacaran, y la enviaran a algún instituto, porque viajando, la nena no podía ir a la escuela con regularidad. Mi vieja le enseñaba lo que ella había aprendido, y se las ingeniaba para que cruzara las fronteras sin documentos.
Finalmente la hermana mayor aceptó la custodia de la chiquita. Y mi tía tuvo una casa “comme il faut”, aunque mamá nunca dejó de sentir una exagerada responsabilidad por Paula.
El tiempo pasó, cimentó una carrera exitosísima. Hacía teatro, dirigía, tenía varias compañías de radioteatro y recibió becas para enseñar dirección en el país, en otros de latinoamérica y en Europa.
Así pasaron 18 años en los que no olvidó a “aquel noviecito” de la adolescencia. Todas sus amigas, sus compañeras, su secretaria, me han contado mil veces, como cada día, mi madre, que aunque había tenido varios novios, y docenas de pretendientes, no se avenía a casarse, les decía:
- ¿Qué habrá sido de Luisito?
Cierto vez, regresando en tren de Jujuy a Buenos Aires, en el salón comedor le tocó como compañera de mesa una persona de su ciudad de origen. Desde luego le preguntó si conocía a mi papá.
Él le dijo que sí que lo frecuentaba, aunque la familia de mi padre, hacía muchísimos años que se había radicado en Buenos Aires. Mi madre le dio una tarjeta suya y le rogó se la entregase.
Mi papá contaba que un día en el trabajo, al sacar el paquete de cigarrillos del bolsillo, topó con la tarjeta y, se dijo
- Vamos a ver que quiere esta loca de m…-
En la charla, mi madre (que usaba seudonimo) reservó su verdadera identidad, y en un momento le preguntó si conservaba recuerdos de algún amor de juventud.
Mi viejo le dijo: “sí, recuerdo unos ojos claros y unas trenzas rubias”. Era ella.
Quedaron de encontrarse en la esquina de Santa Fe y Callao.
Mi madre llegaba y mi padre al verla la abrazó exclamando:
- Susana, algo me decía que eras vos.- Y le mostró, entre los documentos, una foto que ella le había entregado en la adolescencia, y que él llevó consigo siempre.
Mi papa, que estaba a punto de casarse con otra mujer, provocó un cisma familiar rompiendo el compromiso, y unos meses después lo hizo con mi madre, románticamente, como hicieron todo, sin avisarle a nadie, salvo a los amigos que salieron como testigos.
Yo llegué al año, y viví en esa atmosfera especial, porque aunque hubo problemas entre ellos, como en toda pareja, algo los volvía diferentes.
De chica no comprendía donde residía lo peculiar en su relación.
Ya mujer, entendí que la inmensa mayoría de las parejas continuaban juntas por rutina con el amor esfumado. En cambio, a mis viejos no se les apagó la llama, logrando la sobrevivencia del enamoramiento, al compañerismo que impone los años.
No sé si por inteligencia, o porque simplemente así les pasó, ellas vivieron
como lo que eran: un hombre y una mujer, así continuó fluyendo el erotismo que los había unido. Se miraban desde esa condición, y evidentemente seguían eligiéndose. No le aflojaron a la seducción.
Jamás se besaban en la mejilla, siempre en los labios. Caminaban enlazados, charlaban con complicad, se miraban a los ojos con inteligencia y con algún lenguaje privado. Cuando pasábamos los veranos en Mar del Plata. Se levantaban a las 5 am, iban a caminar solos por las calles verdes y tranquilas y, mi padre robaba flores de los jardines que iba regalándole.
Y cuando mi padre, que era un intelectual, perdió la vista, ella pasaba horas leyéndole, y buscando por las librerías los libros que él le sugería.
Así fue hasta el último día.
El 4, habría cumplido años mi madre… una mujer que se ganó a puño el don de encontrarle a la vida los más dulces jugos.



















